| La princesa Babu, Simusica y Rafa |
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| Folclore - Cuentos, leyendas y creencias Rioboberas |
| Escrito por Jose Antonio Pulido Zambrano |
| Martes 20 de Enero de 2009 23:30 |
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En nuestra población se asentaba una tribu aborigen de nombre Babuquenos, el lugar estaba rodeado por lagunas de origen glaciar, al otro lado del primer río - hoy conocido como el río San Antonio - estaban los Caricuenos o “aldea del lugar del águila”. Más allá del segundo río - hoy río Bobo - vivían los indios Kenikes (actualmente se conoce como Queniquea). En la pequeña tribu Babúquena el jefe de la aldea había anunciado, que allí se construiría la aldea a su hija Babú, quien estaba comprometida con el gran guerrero Simusica. El jefe de la aldea caminó sobre aquel valle, después de unas horas, comprobaron que era una tierra fértil donde abundaban el agua dulce y los animales silvestres. Decidieron establecerse allí, en el sitio que más tarde se llamaría Babúquena (lugar de las aguas). Lo primero que hicieron fue construir chozas y casas de adobe. Conforme pasaba el tiempo se organizaban mejor: se dividían las tareas y cada uno colaboraba en el bienestar común de la aldea. El buen jefe del gran río trabajaba con su gente y les estimulaba a aprender más cosas, aprendieron a hacer chicha de maíz, cultivaron la yuca, sembraron el tabaco y el palmito, y jamás faltaban en las fiestas la cerveza de maíz enfuertado. Otros confeccionaron trajes de pluma, de un ave llamada paují, tejieron canastas con juncos y raíces. En días de fiesta se maquillaban su rostro según la labor que desempeñaban con colores extraídos de plantas y polvos de piedra azuladas, otros se dedicaron a la pesca y otros a la caza. El chaman o medico brujo, llamado Gran Oso, celebraba cada treinta lunas el ritual a los dioses. Todos estos primeros habitantes enseñaron a sus hijos y estos a los suyos. Con el tiempo la aldea se hizo más grande. Y la figura de Babú tomo un poderoso significado. Pero algo les preocupaba a los aldeanos y no les dejaba vivir tranquilo: El rostro de Babú, su princesa y próxima reina reflejaba una tristeza que ella misma no sabía disimular. Nadie entendía por qué, sólo Gran Oso, que con sus cantos a los dioses y estudios a los astros, descifró el sueño de Babú como una gran catástrofe, Babú había soñado que al valle llegaban hombres vestidos de metal con armas que escupían fuego y mataban a su gente. Una mañana Babú desapareció. La buscaron en su casa, en los alrededores, pero todo fue en vano…
El llanto de Simusica. La pena se había apoderado de la aldea. Nadie había vuelto a dormir desde la noche que desapareció Babú. La tribu permanecía en llanto, fuera de sus chozas la gente la esperaba, pero Babú no regresaba. El llanto de Simusica estremecía al cielo, el gran Jefe no sabía dar respuestas a su pueblo, y sólo Gran Oso parecía saber porque había desaparecido la princesa. Hubo algunos como Pequeño Río que salieron a los caminos, a diversos lugares, a otras aldeas, sin detenerse en su andar, pero no hallaron a Babú. Simusica con el corazón partido salió en busca de su amada, se adentro al páramo y sus gritos estremecían las cumbres andinas. El espíritu de su padre el Gran Tormenta lo acompañaba y ni el hálito del frío, ni la neblina, ni el mismo cansancio podía detenerle. Había partido hacia Mictlan, el lugar de la Oscuridad, de allí habían venido sus antepasados. Fue más allá del territorio de los Humogría, llegando a la aldea de los indios de nombre Lobateras, Simusica pregunto por Babú, pero nadie supo darle respuesta. Simusica siguió el rumbo del dios Viento y lo traslado a otra aldea de nombre Capachos, esta tribu no era como la suya que se dedicaba a la pesca, era una aldea artesanal, donde el barro era su principal benefactor y de cuya materia prima hacían chicaritas y jarrones. Simusica fuerte como el río no descansaba y seguía su andar, en cada aldea relataba la historia de su amor inmortal a Babú, y lo que le escuchaban, aprendían a querer y admirar a aquel guerrero indígena. Volvió al Páramo y decidió seguir el camino del dios Cóndor, en las noches tenía sueños con Babú abierta de brazos e invitandolo a seguirle en un paraíso que el jamás había percibido. Retornó a Babúquena, el Gran Jefe había caído enfermo y todos se peleaban por el poder al trono. Simusica desafió a todos, los nombró traidores y cobardes y los traspasó con su lanza. Su principal aguerrido era el Guerrero Alma Negra, quien decía ser descendiente de la eterna noche, reclamaba su derecho a la corona. Simusica le venció y lo exilió más allá del lugar de las ciénagas. Así reapareció la paz, la quietud a la aldea, pero Babú no había vuelto. Gran Oso mientras, oraba, a sus dioses el Sol y la Luna para que protegiese a Babú. Simusica colocó a enfuertar guarapo de chicha. Hasta caer borracho la tomo, entre sueños volvía a observar a Babú, pero esta vez más lejos y aparecían hombres vestidos con pieles de metal y armas filosas que mataban a sus hermanos. Allí aparecía una mujer rubia como el sol, con los ojos del cielo, le curaba sus heridas y le amaba. Simusica despertó y observó al Gran Jefe en reunión con los ancianos del pueblo. Babú según ellos había sido robada por los dioses y según ellos esa lluvia que traía la tarde era el espíritu de la princesa rebelde. Simusica subió al Gran Lajón y lanzo un grito despampanante que retumbo en la cordillera de los Andes. Volteó, observó a su aldea por ultima vez y se marchó. Aquella noche la lluvia llenó arroyos, ríos y formó grandes lagunas, fué así como nació el Páramo de la Cimarronera, y la laguna más grande vertió un gran río al lado de la aldea. Los ancianos dijeron que la princesa se había transformado en esa Laguna, en Babú o Lugar de las aguas. Empezaron desde ese día los rituales del pueblo de las aguas: Babúquena.
El indio y la española. Simusica llegó al Lajón, antes de partir quería ir allí, donde había varios indígenas trabajando en la mina de sal, para preparar la gran noche del ritual a Chía, diosa de la noche, encargada de dar luz en la oscuridad. Simusica tomo un puñado de sal, blanca como Chía y la introdujo en una mochila. Despidió a su gente y tomó la ruta a Humogría. Babú debía de estar en ese camino. En Humogría se enteró que unos extraños hombres blancos merodeaban los contornos, atravesaban el llano, la montaña y otros arribaban por las lagunas, cruzando los bosques, se adentraban por los valles. Parecían dioses con el fuego en la mano, montados en unos desconocidos animales. Eran crueles y llenos de codicia y violencia. Los indígenas los miraban con asombro y después con horror. Les quitaban su maíz y su papa, les ultrajaban sus mujeres. Se apoderaban de sus prendas de oro. De nada servían sus flechas o sus macanas. Pero esos dioses no eran inmortales, también morían y su sangre era del mismo color de onoto, como los de su raza. Simusica, se había aliado a Lacurias, jefe de los aborígenes humogrios. Sus gritos de guerra hacían temblar al invasor. Simusica, se preguntaba si Babú había sido asesinada por ellos. Simusica se lanzó a la batalla al lado del guerrero Siboruco, pero un arma de fuego le traspasó el costado, Simusica cayó, no se movió más. Cuando abrió sus ojos se encontró amarrado de pies y manos, trato de liberarse. Una diosa con los ojos azules como el cielo le hizo recostarse, ella le curaba sus heridas. Simusica vió en ella la misma fuerza de Babú. Ella era María Magdalena, una española, le cuidaba, Simusica sería llevado como regalo al Rey de España. Simusica volvió a cerrar sus ojos, Magdalena le había tomado cariño, en su sueño volvió a ver a Babú, ya no estaba triste, su reflejo era el de Chía en ella. Cuando despertó, Simusica estaba libre, Magdalena no le podía retener, ella se había enamorado del fiero guerrero, le ofreció sus labios. Simusica le amó y le llevó con él al Páramo. Magdalena le daría un hijo, él llego a la Cimarronera, tomaron una canoa y allí en medio de la laguna dió a luz un niño. El dios Tormenta enojado con su hijo, lanzó un rayo y la canoa fue hundida, de la bruma de la neblina se formo el espíritu de una mujer, tomó en sus manos a Simusica, a Magdalena y su hijo, los llevó a salvo a la orilla. Simusica abrió los ojos, era Babú. Le había salvado. Aún le seguía amando. Simusica llevó a Magdalena a vivir al Lajón, su hijo llevo el nombre de Rafa (que quiere decir el salvado o nacido de las aguas), Magdalena le llamaría Rafael. Rafa sería instruido por Guata o hombre serpiente y el gran Cari o hombre águila, jefe de la tribu Caricuena.
Simusica y el frailejón. Babú corría río arriba en aquel valle, Simusica le sigue, tenía que darle alcance, faltaban pocos metros. El fiero guerrero la tomó entre sus brazos fuertes, como el dios Sol. Abrasados en un calor que quemaba, era su corazón. La besó y la princesa se dejó caer entre sus brazos. Fuego. Una llamarada los estaba cubriendo. Simusica despertó. Estaba sudando. Tenía fiebre. El pequeño Rafa jugaba con Carí, el hijo de la tribu Caricuena o aldea de las águilas. Según los ancestros aquel había sido el primer lugar en ser poblado. Los dioses habían sido bondadosos con aquellas tierras. El piache vaticinaba a Rafa como un gran guerrero que liberaría a su pueblo de los hombres blancos malvados. Rafa sería criado en la aldea de las águilas. La muerte de Magdalena en el Páramo de la Cimarronera había sido otro duro golpe al corazón del guerrero Simusica. Sólo la esperanza de encontrar a Babú lo mantenía con vida. Humogría había sido tomada por los blancos, el cacique Lacurias, el guerrero Siboruco y sus hombres se resistían al conquistador, se internaban en los páramos del Batallón y la Negra, otros en las montañas cercanas a la laguna Brava. Simusica observaba a Chía. Era una hermosa noche, Chía se reflejaba en la laguna del corazón, donde el fiero cacique volvía a tomar votos de amor a su amada Babú, se pintó su rostro con sangre de cóndor y se internó en la laguna. El cuerpo desnudo del gran guerrero se incrustó a Chía y dejo entrever su silueta. A la siguiente noche al ritmo de tambores se realizó el gran ritual a Chía, todos probaron la sal y se bailó alrededor de una fogata, detrás de la montaña del Lajón. Aquella noche llegó una llamada del cacique Corica. Lacurias había muerto, él había ascendido al trono, su hermano Gualcaba recomendó a Simusica por su sabiduría de la guerra. El nuevo jefe de los indios Grita se estaba preparando para la guerra fría contra los blancos. Simusica se colocó la indumentaria de príncipe Babuqueno y colgó a su cuello un collar de lagrimas de agua, para llevar consigo a Babú. Besó al pequeño Rafa y se lo encomendó a Nissep y a Huissi, los ancianos venerables del pueblo, el padre y la madre de la aldea. Simusica partió a la guerra fría. El enfrentamiento fue cruel y valeroso pero una lanza traspasó el pecho a Simusica, derribándole en el campo de guerra. El príncipe guerrero sintiéndose herido de muerte dejó el campo de batalla, con una mano en el pecho, sosteniendo el brote de sangre. Caminó mucho y llegó frente a la laguna Babú. Allí en el centro de la misma estaba Babú esperándolo. Simusica se tambaleó y cayó al suelo. La tierra se mezcló con la sangre del indio. Un viento cubrió de arena el cuerpo del guerrero y de él brotó una planta, a la cual los aborígenes llamarían con el tiempo Frailejón. Fue así como Simusica se transformó en la montaña del eco y del gélido viento y surgió alrededor de la laguna de Babú (hoy laguna del Río Bobo). Al fin la pareja amada estaría unida hasta que se acabara el tiempo.
Rafa, el nacido de las aguas. Tiempo después, en la ciudad del Espíritu Santo se empezó a rumorar la presencia en las montañas de un indio rebelde con nombre español, ese era Rafael. Después de morir su padre, Rafael fué criado por los caricuenos. Cuando cumplió la edad de hacerse hombre, Rafa partió a Babúquena, a reclamar el derecho al trono, lo acompañaba Carí, el hombre águila. Al llegar al valle la tristeza fue grande. Su tribu había sido destruida y sólo más allá del río quedaban algunos rastros de una aldea de nombre Kenikes. El Lajón que había sido la montaña sagrada de su pueblo estaba desolada y la sal de Chía había desaparecido. Estaban por marcharse cuando algo se movió en los arbustos. Lo siguieron, era uno de su raza. Su nombre era Guata o hombre serpiente, era un medico brujo u hechicero. Se arrodilló a su soberano. En la ciudad del Espíritu Santo corría la leyenda que ese indio Rafael era el único que conocía el lugar o la entrada a una Viga de Oro. Los españoles codiciosos se internaron a la montaña en su búsqueda, en la comitiva iba un indio traidor, su nombre Alma Negra. Era aquel guerrero que Simusica había exiliado a las ciénagas. El convenio con los hombres blancos era buscar a Rafael, así se vengaría. Rafa aprendía cada día más de la naturaleza y de sus amigos Carí y Guata. Él debía sobrevivir, era el último de su raza, debía permanecer al tiempo para que la historia de su pueblo nunca muriera. Un paují sé posó sobre el hombro de Rafa, Carí estaba casi seguro que Rafa tomaría a su hermana como esposa real, y con ello, nacería la nueva dinastía del pueblo de las aguas, el clan de las águilas recibiría con gran orgullo aquella unión. Pero el destino era otro. Un ruido entre la maleza hizo que el Paují volara y se perdiera en el azul cielo. Allí había alguien. Rafa tomó su cerbatana. Pero ya era muy tarde, estaban rodeados. Allí en el medio, junto a ellos había un guerrero indígena, un traidor, se reía a carcajadas. Guata intentó huir pero una flecha de fuego traspasó su espalda, y muere. Ellos querían saber del gran tesoro, Carí se abalanzó sobre ellos, y muere al recibir un tiro en el corazón. Rafa no les iba a permitir aquello, lanzó un grito guerrero pronunciado por su padre y traspasó con su lanza al indígena traidor, pero una espada se había internado en su corazón valiente, muriendo así el último guerrero de la sangre Babúquena aquel día que se pierde en el tiempo. Rafa miró al cielo, un cóndor le surcaba. Ahora volaba al lado de Carí, el águila, que trataba de atrapar a Guata, la serpiente, en tierra. Rafa se había transformado en el cóndor andino que se posaba en algunas ocasiones en la montaña Simusica. A partir de allí empezó la edad de los metales en el valle, lo que se conoce como primera fundación, el pueblo fue bautizado “Valle del Espíritu Santo”, llegaron algunos españoles con enmiendas reales y se hicieron dueños del lugar de las aguas.
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Hemos de dar inicio a esta historia recordando que en el calendario de los blancos, en el año 1492, Cristóbal Colón, desde su mundo, llamado España, se había abierto la puerta marítima al encuentro de dos mundos, dos continentes. Lo que hoy conocemos como La Grita, ubicada en el estado Táchira, era llamado para ese tiempo Humogría.


