La casita del miedo Imprimir Correo electrónico
Folclore - Cuentos, leyendas y creencias Rioboberas
Escrito por Ramón Elvidio   
Domingo 21 de Septiembre de 2008 23:30

casita del miedoEra una casita de tres habitaciones, techo de zinc, paredes de concreto sin frisar y con dos puertas de madera pintadas de azul pálido. Por una se tenía acceso a una sala provista de una pequeña ventana que dejaba colar unos pocos destellos de luz que creaban un ambiente de penumbra y por la otra, se accedía a una modesta cocina dotada de una mesa de madera con cuatro sillas, un mesón para depositar ollas y picar aliños y a un fogón de leña levantado en cuatro troncos y unas tablas. Al cuarto del medio o "aposento" se entraba bien por la sala o por la cocina y había que avanzar en medio de la oscurana con cuidado para no tropezar con los bordes de dos camas que cubrían buena parte de la habitación.

La casita estaba ubicada prácticamente sobre la carretera que conduce a Los Paujiles, separada únicamente por una frágil cerca de madera formada por horcones y varas que poco protegían. Había algunas casas vecinas a corta distancia, más cerca de lo que suelen estar las casas en esta aldea de medianas fincas y con poca población. Estaba rodeada por una densa vegetación conformada con una línea de sauces y de caña panelera lo suficientemente tupida y crecida por el largo tiempo que permanecía sin cortar. Los sauces y las cañas formaban una pared que interrumpían el paso natural de la luz hacia el atardecer y aproximaba la caída de la noche. Se atravesaba como por un túnel natural conformado por la pared vegetal y el talud de la carretera.

Un 25 de diciembre todos los vecinos de la aldea corrieron urgentemente a auxiliar a la señora de la casita que agonizaba tendida en un catre en medio de la sala, tenía puesta todavía la ropa que se había estrenado ese 24 de diciembre para bajar a la misa de media noche. La encontraron prácticamente asfixiada, debatiéndose entre la vida y la muerte, haciendo un enorme esfuerzo para respirar, luchando por vivir, pero cuando se dispusieron a trasladarla al hospital expiró su último aliento y murió. Dejo este mundo en la flor de la vida, se había casado muy joven, tuvo tres hijos, un marido que trabajaba de jornalero en las demás fincas y unas cuantas noches de alegría, como esa en que bailó casi hasta el amanecer con un vecino en el gran baile que se celebra todos los años en la Plaza Bolívar del pueblo para celebrar el nacimiento del Niño Dios.

No faltaron las especulaciones sobre su muerte, algunos decían que murió de una insuficiencia cardiaca, otros de un fuerte ataque de asma, algunos más de convulsiones y no falto quien dijera que murió en un enfrentamiento con el marido, quien estaba celoso por el largo tiempo con que estuvo bailando en la plaza con el vecino. Nadie investigó, nada se supo, a esta altura del tiempo nadie habla de la causa de su muerte, solo que murió un 25 de diciembre después de bailar en la plaza. Todos la recuerdan como una mujer alegre, ingenua y tranquila. Era capaz de decirle a otra mujer con cierta picardía que su esposo era un hombre "buen mozo", aunque nunca se le comprobó ninguna infidelidad. Era simpática, relativamente bonita, de estatura mediana.

Al tiempo, su esposo se buscó a otra mujer de la misma aldea a quien llevó a vivir a la casita. Continuó su ritmo de siempre: trabajando por un jornal (salario) en las fincas vecinas, en la pequeña finca que rodeaba la casa y ayudando a su madre que vivía al cruzar el río. Continuó criando los hijos huérfanos y llevando el sustento al hogar. Dicen que esta mujer salió embarazada en dos oportunidades pero que no pudo tener los hijos, que faltando pocos meses para que nacieran los abortaba. Igualmente dicen que no los llevaron al cementerio del pueblo sino que los enterraron en la parte de atrás de la casita, en medio de los surcos de caña.

Un día en que cayó un enorme aguacero en la aldea y el Río Bobo bajaba relativamente abundado, sin la fuerza de las enormes crecientes pero sin la mansedumbre cristalina de todos los días, se corrió el rumor por la aldea de que el señor de la casita se lo había llevado el río, que antes de meterse al río había sacada un billetito arrugado de cinco bolívares que cargaba en uno de sus bolsillos y unos escapularios y se los había entregado a uno de los hijos que lo acompañaba. Le dijo que le llevara ese billete a su mujer porque el iba a visitar a su mamá. El niño lo vio cuando el río lo arrastró, cuando comenzó a hundirse y a salir en los pozos, a golpearse con las piedras, hasta desaparecer en la distancia en medio de la corriente.

Lo consiguieron a unos tres kilómetros río abajo, con la cara y las rodillas desconchadas por los golpes, con la ropa hecha jirones, semidesnudo y lo subieron entre varios hombres en una lona amarrada a dos palos. Esa misma noche lo velaron en una casa en el pueblo y al otro día le dieron sepultura. El padre no sabía si dejarlo o no entrar a la iglesia, porque no tenía claridad sobre las causas de su muerte. Algunos afirmaban que sencillamente intentó pasar el río para visitar a su madre como lo hacia todo el tiempo y que como éste bajaba crecido se lo había llevado, otros dijeron que algo lo atormentaba y que había decido acabar con su vida. El padre al fin decidió hacerle una corta misa y despedirlo en la Iglesia.

A los pocos años comenzaron a ver y oír cosas extrañas en la casita. Vicente Vivas, quien tenía un camión para recoger quesos y transportar gente, vio una noche a la señora vestida de blanco frente a la casita, otros más afirmaban que también la habían visto. Los vecinos comenzaron a decir que oían llorar a unos niños en su alrededor. La casita duró mucho tiempo sola, mi padre tenía una llave para guardar las herramientas que necesitaba para trabajar en dos fincas que tenía cerca. Algunas noches tuve que entrar a dejar las herramientas, aunque nunca vi ni oí nada, recuerdo aún el miedo que sentía cuando entraba. Sencillamente botaba las herramientas y salía corriendo.

Una noche subia con Miguel Chacón del pueblo a Los Paujiles como a las tres de la madrugada para ayudar a papá a componer un puerco. Cuando íbamos pasando por la casita dejé que Miguel -quien siempre contaba sus valientes hazañas con fantasmas y brujas- caminara por el frente y yo me fui pegadito a la cuneta, cuando íbamos casi atravesándola se cambió rápidamente, en ese momento soltamos a correr y paramos la carrera como a los cien metros, cuando nos paramos todos sofocados, Miguel dijo: ¡yo sentí como que alguien me agarraba por la espalda pero corrimos…. corrimos más!

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Ramón Elvidio
 
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