Juan Francisco Santos, el hombre que conocí en el otoño de su vida. Imprimir Correo electrónico
Folclore - Gente dejando huella en San José
Escrito por Jose Antonio Pulido Zambrano   
Lunes 23 de Noviembre de 2009 00:00

El día que conocí al Padre Santos me dijo: “-José Antonio estoy con un pie en la muerte, yo soy un servidor, eso es lo más importante para mí que placas y premios”. Quizá, ante esta sentencia, sea difícil erigir un monumento al Padre Santos, pues su humildad según me explicó no se lo permitía, que él quería ser recordado de otra forma, pero no es ajeno que le escriba estas palabras, yo que día a día vivo de mi escritura y en aquel encuentro me expresó: “-Sigo escribiendo porque es una necesidad de vida”. Y quizá así es como le gustaría al Padre Santos ser recordado desde la escritura. Pues como señaló Sócrates: “El hombre que no piensa sino en vivir, no vive”.

Juan Francisco Santos nació un 7 de junio de 1928, en un lugar de La Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, sólo sé que esta región está ubicada en España. Desde niño tuvo la inclinación hacia el lado espiritual al igual que sus hermanos, todos en su familia siguieron los pasos del camino sacerdotal. Los primeros treinta años de su vida los transcurre en España, visitando varios lugares de Europa para cultivar su saber literario y musical, en su bolso de camino siempre llevó dos libros: La Biblia y el Quijote.

Siempre tuvo el joven Santos el sueño de su coterráneo Colon de ir a la América, a evangelizar el nuevo mundo y quiere el destino que la caída de Pérez Jiménez el 23 de enero de 1958 convierta al país de Bolívar en la tierra de la libertad y la democracia, el lugar para construir el mundo nuevo.

Es así como en abril de 1958 llega Juan Francisco Santos con sus hermanos de sangre, todos pertenecientes a la orden de franciscanos capuchinos y con ello comienza una empresa espiritual en Caracas y luego en los Andes venezolanos.

En 1970 se encuentra en un pueblo de Mérida llamado “Belén”, donde fnda con jóvenes la revista 2000, allí dura su estadía hasta 1975, trasladándose a San Cristóbal, por invitación de su amigo Monseñor Fernández Feo.

Allí el Obispo le dice que pronto le enviara a una parroquia para que continúe su trabajo de cura, docente, escritor y músico.

Un día Monseñor Fernández Feo le dijo: “-Mira Juan Francisco no es la parroquia que yo hubiera querido darte, pero es la parroquia donde yo hubiera querido estar, sino por lo menos haber nacido allá, yo hubiese querido haber nacido en San José de Bolívar. Me gusta mucho ese pueblo”.

Es así como a finales de 1976 llegó a San José de Bolívar el Padre Santos. El pueblo lo esperaba, y tras el chirrido de los frenos de su Maverick, la tarde se durmió en un silencio acartonado, vaporoso en la niebla, había nuevo cura, pero era un personaje distinto: Flaco, enjuto, con dos libros en sus manos, sólo le faltaba el escudo para ver en él a un Quijote.

Ese día quedaría grabado por siempre en la memoria de los rioboberos. Por siete años el Padre Santos estuvo en aquella aldea en la niebla y un día a la semana subía a San Cristóbal y el decía: “-La gente me dice: Padrecito cuando usted se va el pueblo no esta completo”. Y debía de ser así. Entre los recuerdos que nos deja el Padre Santos están entre otros el Himno al Patriarca San José:

"Patriarca, santo, obrero, José, tutor de Cristo
Modelo de confianza, esposo de María
Un pueblo se ha forjado bajo tu patrocinio
Un pueblo con tu nombre, San José de Bolívar".

 Además, el Padre Santos formó una Escuela de Música con un pequeño Piano que había en la iglesia, pues la música era otra de sus pasiones. Fue tanto lo que impactó esta Escuela que Diario Católico realizó un reportaje de los estudiantes que se formaron en ella.

Asimismo el Padre Santos estuvo en la inauguración del Liceo y fue profesor de inglés en dicha institución. Realizó el primer Viacrucis viviente para una Semana Santa. Inauguró lo que hoy se conoce como Uprolevalta.

En nuestro encuentro me dijo también: “-Yo aprendí en San José de Bolívar más que en una Universidad”. Los días que estuvo en el pueblo la puerta de la Casa Cural duraba todo el día abierta. Fundó la revista ENSAYO. Ayudó al Profesor Horacio Moreno en la construcción del libro Monografía de San José de Bolívar, pues era un historiador nato, a tal punto que fue el que abrió las puertas al estudio del pasado de nuestro pueblo.

Comentaba que cuando llegó al pueblo la carretera de El Zumbador a San José de Bolívar era de tierra, y que las personas sufrían de insomnio pues el silencio no los dejaba dormir… Entre sus amigos, que fueron muchos, recordaba a: Profesor Arecio Mora, Padre Pepe, Profesor Pedro Contreras Pulido, Balvino Guerrero, Hermelinda Belandria, Simona Pulido, María García, Isidro Chacón, Marcos Mora, Anibal García, Segundo Pulido, Teotiste y Gilberto Chaparro, entre otros.

El Padre Santos por cuestiones de salud emigró del pueblo en 1982, en su lugar llegó el Padre Nepomuceno, trasladándose a San Cristóbal a fundar la Parroquia Cristo Rey.

Sus últimos años los pasó en la iglesia de San Antonio de Macaracuay, en Caracas, escribiendo, leyendo y componiendo música.

Y no queda más que darle las gracias al Padre Santos, pues como dice La Bruyere “No hay en el mundo más bello exceso que el de la gratitud”.




NOTA: El miércoles 24 de octubre de 2007, el padre Santos me envió las siguientes palabras, una carta abierta a su amado pueblo San José de Bolívar:

Apreciado José Antonio llévale mis palabras a nuestro amado pueblo:

La historia, sobre todo la historia íntima de cada uno, no sólo se desenvuelve, se alarga en cada minuto que Dios nos da, sino que también, en determinados momentos muy puntuales se rebobina, no para retroceder, menos para apagarse, sino precisamente para darle un nuevo brillo, en esa parte precisa que uno pretende re-crear.

Hoy y siempre se ha hablado de los valores. Valores humanos, por supuesto. También se habla de los valores de la economía. No son estos últimos los que nos ocupan ahora.

Los valores, no sólo de la persona, sino también de la comunidad. Para mí San José de Bolívar fue todo un baúl de verdaderos y apreciadísimos valores. El otro día, que tuve la dicha de conocer a José Antonio Pulido y Elvidio Márquez, hablábamos con emoción de algunos de estos valores. He visto con alegría en unos ejemplares de la revista “Riobobense” cómo ellos dos, y también algunos otros dejaban constancia en la revista de estos valores, que florecieron desde mucho tiempo atrás, en todos esos contornos del pueblo y aldeas de la misma jurisdicción.

Eso, precisamente eso, pretendo hacer en estos momentos. Re-crear los años de 1976 a 1981. Quizá, como Moisés ante la zarza ardiendo sin consumirse, tenga que descalzarme para volver a esa tierra de mi corazón, que para mí es sagrada. No lo puedo hacer con una presencia física, a estas alturas de la vida ya pesada y con plomo abundante en el ala. Pero sí con una presencia espiritual, que en alas de la mente, del afecto y de toda esa energía que gracias a Dios todavía me brota de lo más recóndito del alma.

Es tan viva la visión que retengo y atesoro de ese querido pueblo de San José de Bolívar, que mi primera acción tiene que ser besar esa tierra y cruzarla toda ella con una bendición, que se me convertiría en una verdadera peregrinación.

No sé si en eso cinco años di algo a ese pueblo y de qué calidad. Sí puedo decir que recibí mucho, que aprendí mucho, que San José de Bolívar fue una verdadera universidad para mi crecimiento espiritual.

Sean estas líneas una oportunidad para poner al vivo mi agradecimiento, ante todo a Dios, que puso en mi camino esta misión pastoral. Mi agradecimiento a todos y cada uno de esos moradores, con los que me sentí familiar, nunca extraño, y menos extranjero (desde 1958 soy venezolano). Casi tendría que agradecer, también con un gesto muy franciscano, a todas esas hermanas creaturas de la naturaleza, el hermano Río Bobo con su limpia, humilde y cristalina agua. A esos múltiples, politonales verdores que tantas  veces contemplé con verdadera fascinación. A esas aves, variadas aves que alegraban y alegran el ambiente. Hasta agradecer también a esa hermana niebla, que muchos días del año daba al pueblo como un toque de misterio, como una invitación a la intimidad, y, sabiendo leer, una invitación a orar, y sobre todo orar contemplando.

Esta quiero, por tanto, que sea mi presencia. Desde luego que inefable e inasible, insisto que espiritual, pero no menos fuerte y vital, que remplace a la presencia material. Algún género de embriaguez sentí en más de una ocasión al experimentar la presencia de Dios y cuántas veces me vinieron a la mente los versos del gran maestro San Juan de la Cruz:
                   

“Mil gracias derramando
pasó por estos sotos con presura
y, yéndolos mirando,
con sola su figura
vestidos los dejó de su hermosura”.

Recuerdo que cuando el Sr. Obispo, Mons. Fernández Feo, me asignó parroquia, me dijo: “Te voy a enviar a un pueblo muy querido para mí, tanto que, si yo naciera de nuevo, me gustaría nacer en San José de Bolívar”.

Doy testimonio muy sincero, que San José de Bolívar fue “mi” pueblo. Hoy el recuerdo ha ido formando un nido caliente en lo más recóndito de mi alma. Estas líneas no han sido más que un pequeño florilegio entre tantas vivencias, y sobre todo entre la mejor convivencia.

Juan Francisco Santos G.


 

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busy
 
Los ríos San Antonio y Río Bobo, ambos de San José de Bolívar, surten un poco más del 70% de agua del acueducto regional del Táchira?