| La Mula Campanera |
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| Folclore - Anécdotas |
| Escrito por José Lubin Pulido |
| Martes 15 de Abril de 2008 15:37 |
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Una mañana de la primera semana de Diciembre muy temprano salí con mi padre en un viaje hacia la Florida, interminable para mi niñez, lleno de emociones y ansioso por conocer nuevas tierras. Después de un largo trayecto llegamos a la casa de Don Luís Rojas excelente hombre de campo. Don Luís Rojas tenia una casa de teja, campestre, de hermosos y amplios corredores, muy cerca se divisa un grande y hermoso trapiche, para mi desconocido, movido por agua. Una inmensa rueda de madera con una serie de cajones que se llenan de agua y se derraman, haciéndola girar, quedo pasmado mirando aquel e interminable movimiento. El agua le cae de un chorreadon de una cascada; la rueda mueve un madero que hace de eje para girar las ruedas de piedra, obra de ingeniería laboriosa del inteligente campesino: Don Gumercindo Chacón. El señor Rojas, un hombre alto, blanco, esqueletudo de manos fuertes y voz ronca, de amena conversación que ameniza con relatos del trabajo y de la política de la época. Gobiernos van y gobiernos vienen y el campesino sigue igual, su futuro esta en sus propios medios de trabajo. Después de un suculento desayuno continuamos el camino. De repente oigo el tilinar de una campana, miro pero no veo nada, el ruido se oye mas fuerte, nos acercamos a una inmensa roca labrada por los pobladores para hacer un estrecho camino de recuas escasamente cabe una mula cargada con café. Mi padre se detiene y nos hacemos a un lugar del camino mas amplio, de pronto se divisa una mula grande, de color tordo y de largas orejas que se mueven indicando el camino, trae colgando a su cuello una campana que a medida que se mueve la mula taña un sonido. Detrás de ella un interminable número de mulas de diversos colores, magníficamente aperadas por manos laboriosas, protegidas del agua por lonas perfectamente acomodadas; van cargadas de café. De arriero se destaca un joven de unos 18 a 20 años, de voz fuerte y aguda, es enérgico y lleva al cinto un cuchillo con cubierta adornada y un largo ramal. En una de sus manos sujeta un mandador o látigo que maneja con destreza, no castiga a las bestias pero al sacudirlo produce un ruido que las cabalgaduras temen y apresuran el paso. Yo observo al joven arriero quien me mira de reojo. No entiendo aún el por qué de la campana. Mi padre me explica que el sonido de la campana es para alertar a los caballistas y transeúntes de la presencia de un arreo, que escasamente cabe por la vereda del camino y deben tomar las precauciones dando prioridad al paso de las recuas. Cabe destacar que muchos arrieros tenían enemistades y en algunas oportunidades daban cuenta que su enemigo iba a transitar por el mismo camino, tratarían de taparles en camino de los sitios mas estrechos, teniendo altercado en algunas ocasiones, con pérdidas de mulas que se abarrancaban y hay quienes cuentan de pérdidas humanas.
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